Hay emociones que entendemos perfectamente. Sabemos por qué aparecen, de dónde vienen y qué nos están diciendo.
Y hay otras que nos sorprenden. Reacciones que parecen demasiado intensas para lo que está ocurriendo. Miedos que no sabemos explicar. Bloqueos que se repiten. Situaciones que, aunque racionalmente sabemos que no deberían afectarnos tanto, siguen haciéndolo.
¿Y si en lugar de intentar gestionar o evitar esa emoción intentamos escucharla?
Vivimos muchas veces las emociones como si fueran un problema que tenemos que solucionar. Como si sentir tristeza, miedo, rabia o culpa significara que algo dentro de nosotros no funciona bien.
Pero ¿y si la emoción no fuera el problema? ¿Y si, en realidad, estuviera intentando decirnos algo?
Esta es una de las ideas principales de la Terapia Focalizada en la Emoción (TFE) y que encuentro muy presente en mi método.
La TFE es una forma contemporánea de terapia centrada en la persona y experiencial, dentro de la corriente humanista. Integra aportaciones de diferentes enfoques, especialmente de Carl Rogers, la Gestalt y el enfoque experiencial de Eugene Gendlin, y fue desarrollada principalmente por autores como Leslie Greenberg y Robert Elliott.
Esta corriente parte de una idea que para mí resulta especialmente interesante: las emociones no son simplemente algo que tenemos que controlar o eliminar. Cumplen una función. Nos aportan información, nos orientan hacia necesidades y nos preparan para actuar.
El problema no siempre está en sentir. A veces está en cómo nos relacionamos con lo que sentimos.
Durante mucho tiempo hemos aprendido a dividir las emociones entre buenas y malas.
La alegría está bien.
La tristeza hay que superarla.
El miedo hay que vencerlo.
La rabia hay que controlarla.
Y así vamos aprendiendo a relacionarnos con aquello que sentimos intentando quedarnos únicamente con las emociones que consideramos aceptables.
Sin embargo, desde la TFE se entiende el proceso emocional como una parte fundamental del funcionamiento de la persona. Las emociones pueden aportar información sobre lo que estamos viviendo y movilizarnos hacia determinadas acciones.
Por ejemplo, el miedo puede ayudarnos a protegernos cuando existe un peligro. La tristeza puede aparecer ante una pérdida y favorecer que podamos expresar nuestro dolor o buscar apoyo. La rabia puede avisarnos de que sentimos que se ha traspasado un límite y darnos energía para defenderlo. La alegría puede ayudarnos a disfrutar y compartir aquello que nos importa.
Entonces quizá la pregunta no sea: “¿Cómo consigo dejar de sentir esto?”, sino “¿Qué me está diciendo esto que siento?”
No siempre sentimos lo que está ocurriendo ahora
No todas las emociones que sentimos en el presente responden únicamente a lo que está ocurriendo ahora.
Nuestra historia también está dentro de nosotros. Experiencias anteriores, especialmente aquellas en las que nuestras emociones no fueron comprendidas, atendidas o validadas, pueden influir en nuestra manera de sentir y de relacionarnos con aquello que sentimos.
En la TFE se trabaja para comprender cómo determinadas experiencias emocionales del pasado pueden contribuir a formas problemáticas de sentir, regular y comunicar las emociones.
Por eso puede ocurrir algo aparentemente extraño:
Una situación pequeña provoca una reacción enorme.
Alguien hace un comentario y sentimos una tristeza profunda.
Una persona tarda en contestarnos y aparece una angustia que parece desproporcionada.
Alguien pone un límite y sentimos que nos están rechazando.
Nos enfadamos muchísimo cuando, en realidad, debajo de ese enfado hay dolor.
Y entonces nos preguntamos:
“¿Por qué o para qué reacciono así?”
A veces la respuesta no está únicamente en lo que acaba de ocurrir, sino en lo que esa situación ha despertado.
Aquí es donde encuentro una conexión importante entre la Terapia Focalizada en la Emoción y mi método en consulta.
Hay experiencias que no tenemos completamente disponibles a nivel consciente. Hay cosas que sabemos explicar y otras que primero aparecen como una sensación, una reacción, una imagen, un bloqueo o una emoción que no conseguimos expresar con palabras.
La TFE habla de experiencias y memorias emocionales que pueden influir en nuestra manera de sentir en el presente. Yo utilizo esta idea para entender la emoción como una pista que podemos seguir. No necesariamente para encontrar una explicación inmediata, sino para explorar qué hay detrás de aquello que estamos sintiendo.
¿Qué está despertando esta emoción?
¿Qué hay debajo de ella?
¿De dónde puede venir esta manera de reaccionar?
Y es aquí donde, dentro de mi método, aparece el concepto de inconsciente.
No todo aquello que influye en nosotros está disponible de forma clara para nuestra mente consciente. A veces primero aparece en forma de emoción, sensación corporal, imagen, reacción automática o patrón que se repite.
La emoción puede convertirse entonces en una puerta de entrada a aquello que todavía no comprendemos.
Y cuando hablamos de aquello que no está fácilmente disponible para la razón, la hipnosis puede convertirse en una de las vías que utilizo para explorar la experiencia interna.
A través de la hipnosis podemos facilitar un estado de atención diferente, más conectado con la experiencia interna, desde el que pueden aparecer asociaciones, sensaciones, imágenes o significados que en nuestro estado habitual de pensamiento pueden pasar desapercibidos.
No se trata de buscar una explicación, se trata de escuchar, de observar y de aceptar.
¿Y si esta manera de sentir no hubiera empezado exactamente conmigo?
Detrás de una emoción puede haber una necesidad que no estamos atendiendo, una historia que todavía duele, una forma aprendida de relacionarnos, un patrón de conducta heredado, creencias impuestas o simplemente una parte de nosotros que lleva tiempo intentando ser escuchada.
¿Y si esta forma de sentir, de reaccionar o de relacionarme con determinadas situaciones no perteneciera únicamente a mi propia historia?
A veces damos por hecho que todo lo que nos ocurre tiene su origen en nuestra experiencia personal. Buscamos qué nos pasó, cuándo empezó, quién nos hizo daño o qué situación pudo desencadenar aquello que hoy sentimos.
Hay familias en las que determinadas formas de relacionarse parecen repetirse generación tras generación. Miedos que aparecen una y otra vez. Formas de protegerse, de callar, de cuidar, de enfrentarse a los conflictos o de expresar las emociones que aprendemos mucho antes de ser capaces de cuestionarlas.
Aprendemos observando. Aprendemos de lo que se dice y de lo que no se dice. De cómo nuestros padres gestionaban el miedo, la tristeza o la rabia. De aquello que en nuestra familia estaba permitido expresar y de aquello que era mejor guardar.
Aprendemos de los silencios, de las pérdidas, de las lealtades, de las historias que conocemos y también de las que apenas se nombran.
¿Esta emoción habla solamente de mí o también puede estar relacionada con una historia familiar que me precede?
A partir de la emoción y a través de la genealogía podemos llegar a comprender aquello que hay detrás de lo que estamos sintiendo.
No se trata de buscar un culpable ni de encontrar una explicación para absolutamente todo. Tampoco de pensar que cada emoción tiene necesariamente un origen familiar. Se trata, simplemente, de permitirnos ampliar la pregunta.
Porque cuando una persona descubre que determinadas formas de reaccionar se repiten en su sistema familiar, puede empezar a observar su propia experiencia desde otro lugar.
Quizá aquello que hasta entonces interpretaba como “mi manera de ser” pueda empezar a verse como una forma aprendida de responder ante determinadas circunstancias.
Y cuando algo puede ser observado, también puede empezar a ser cuestionado.
¿Esto realmente me pertenece?
¿Lo he elegido yo?
¿O simplemente aprendí a hacerlo así?
Para mí, ahí comienza una parte importante del proceso: distinguir entre aquello que forma parte de nuestra identidad y aquello que hemos adquirido.
Porque quizá no podamos cambiar lo que ocurrió antes de nosotros. Pero sí podemos preguntarnos qué hacemos hoy con aquello que hemos recibido.
Podemos no entender por qué hacemos algo y, aun así, seguir haciéndolo. Podemos reconocer que aprendimos a callar para protegernos y seguir sin poder expresar lo que necesitamos.
Atender para transformar y aceptar
Comprender de dónde puede venir una emoción no significa necesariamente que la hayamos transformado. Podemos saber que nuestro miedo viene de una experiencia pasada y continuar sintiendo miedo.
Por eso, para mí, el trabajo no termina en encontrar una explicación.
La comprensión puede ser el principio, escuchar, identificar y reconocer la emoción. Entender qué nos está mostrando. Explorar de dónde puede venir. Y, a partir de ahí, descubrir que quizá hoy podemos responder de una manera diferente.
Porque no se trata solamente de saber. Se trata de transformar nuestra experiencia.
Por eso, para mí, las emociones no necesitan únicamente gestión. Necesitan atención.
Nos hablan de nuestras necesidades, de nuestra manera de relacionarnos, de aquello que nos duele, de lo que hemos aprendido y, en ocasiones, de aquello que todavía no conseguimos poner en palabras.
Una emoción puede ser el principio de una historia, y cuando nos atrevemos a escucharla en lugar de intentar hacerla desaparecer, podemos empezar a recorrer ese camino.
Un camino que comienza en lo que siento y que, poco a poco, puede llevarme hacia aquello que todavía no comprendo.
Y quizá ahí descubrimos que aquello que buscábamos fuera ha estado siempre dentro.






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